The Hall of Stars

Crítica: Roma

Una de las grandes promesas de cara a los Oscar es la nueva película del mejicano Alfonso Cuarón. Sin duda se trata de una obra rompedora y original en lo que al lenguaje audiovisual respecta. Cabe, no obstante, valorar hasta qué punto esa hermosa sucesión de planos fijos, como si de una exposición fotográfica se tratara, narra con habilidad y acierto una historia que, por otro lado, no es el centro del film. La imagen ha robado el protagonismo y acaparado por completo el don de su director, desatendiendo otros múltiples aspectos clave en un arte con tantos aspectos como es el cine.

Roma nos ofrece una bellísima puesta en escena, hasta el punto de ser el salvavidas que de, otro modo, no habría podido mantener a flote al espectador frente a su televisión. Claro está que es necesaria la opinión experta, que generalmente, ha dedicado una ovación a Roma. Sin embargo, cabría preguntarse si la decisión que Cuarón ha tomado ha sido una absoluta y rompedora genialidad, o una excéntrica torpeza.

De hecho, el director ha roto con cada norma establecida hasta ahora en el cine, exponiendo planos generales en los cuales apenas vemos a los personajes que hablan, de modo que es complejo seguir la conversación o vislumbrar emociones. En ocasiones hay que reconocer que nos ha regalado hábiles planos detalle que nos adelantan el segundo punto de giro de la película, de una forma cruda y perspicaz: una rueda de un coche aplastando las heces de un perro, una jarra de leche que se rompe contra el suelo, una vara atravesada respecto a las otras, mientras las colocan en su respectivo lugar. El sonido del mar, al mismo plano que el resto de la acción, protagonizan también una bonita escena. Dicha obsesión por mantener todo lo que sucede al nivel sonoro de lo verdaderamente importante, es otro detalle, de hecho, que a menudo hace dudar de si nos movemos en algo positivo o negativo. El fuera de campo que envuelve el segundo punto de giro es un ejemplo de ejecución perfecta, provocando tensión y empatía.

Cabe preguntarse, por último, si es requisito indispensable, o hasta qué punto es relevante, la capacidad de que «cualquiera» pueda apreciar y disfrutar una muy buena película. Quizá el objetivo y fin de la obra, y este tipo de cuestiones, encierren la verdad sobre qué es Roma.

Silvia Dorado

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