The Hall of Stars

Crítica: Green Book

En esta ocasión la Academia no necesita justificar su decisión de Oscar a mejor película.

Pocas veces en los últimos años puede decirse que haya estado deacuerdo con los premios que concede la Academia de Hollywood. Lo que me hace desconfiar de cualquier galardón con excesivo prestigio es, precisamente, el populismo que lo envuelve: temáticas políticamente correctas, reivindicación, política social, victimismo…y en este caso, aderezado todo ello con la historia de Estados Unidos, a la cual suelen limitarse, ignorando el impacto mundial de los Oscar, condenándose de este modo a una asegurada falta de empatía por parte del resto de países. Todos conectamos con historias como estas, sin duda; pero no precisamente con algo que no hemos podido vivir en nuestro lugar de origen.

En cambio, reconozco con mucho gusto que Green Book no es «otra película bien queda aplaudida por la Academia sólo por la temática». Peter Farrelly ha usado el argumento más básico y eficaz: dos personajes opuestos que se embarcan literalmente en un viaje transformador y enriquecedor en el que se aportan mutuamente. Un hombre que tira dos vasos a la basura porque han sido usados por dos negros, y que termina por invitar a un negro a su casa en la cena de nochebuena. Predecible, aunque no es necesariamente malo. De hecho, el discurso racial se torna bastante más complejo de lo que a menudo estamos acostumbrados en este tipo de historias. Entrañable, divertida, abrumadora, escalofriante por momentos fugaces, y al mismo tiempo tan enternecedora y tronchante.

En este caso los tópicos acerca de las razas dan un vuelco, y encontramos a un músico negro de genialidad insuperable, refinado y culto (Don Shirley, interpretado por Mahershala Ali), poco vinculado con sus «raíces», que no encaja ni entre los suyos ni entre los blancos. Llegamos a sentir su frustración, el despreciable trato que recibe a menudo, tal y como si lo sintiera el espectador. Viggo Mortensen nos conquista a su vez encarnando a Tony Vallelonga, un personaje magnífico que impulsa la película de forma memorable.

Cada giro, cada escena, cada consecuencia de cada acontecimiento, resulta sencillamente perfectamente hilada con la siguiente, haciendo que estés convencido de que sin duda «no podría haber cabido una idea mejor que esa, tal y como está ejecutada en el modo en que la estoy viviendo».

El juego con los trivial, lo familiar y conocido por todos se entrelaza magistralmente con los recursos de guión que convierten cada detalle en un manjar que saborear desde tu butaca. Brillante, cuidada, siguiendo una perfecta estructura de guión junto con una dirección que perfecciona cada momento de comedia. Queda demostrado que una simple película de dos horas puede resultar transformadora. Esta es una de esas películas.

Silvia Dorado

Graduada en Periodismo, Máster en Guión de Ficción de Tv y Cine, y escritora ganadora de varios premios.

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